as macrogranjas se extienden por el territorio español. Concentran miles de animales en espacios reducidos, generando purines y residuos que contaminan suelos, ríos y acuíferos. Mientras, organizaciones sociales y ambientales se organizan en las zonas rurales para evitar la contaminación del entorno en sus pueblos.
Nacho Escartín Lasierra. Área de Agroecología de Ecologistas en Acción.
La ganadería industrial se ha consolidado en las últimas décadas como uno de los pilares del sistema agroalimentario global. Bajo la promesa de producir grandes cantidades de carne, huevos y lácteos a bajo precio, este modelo se ha expandido de forma acelerada, especialmente en países como España. Sin embargo, tras esa aparente eficiencia se esconden graves impactos ambientales, sociales, éticos y sanitarios que lo convierten en un sistema profundamente insostenible.
Uno de los aspectos más preocupantes de la ganadería industrial es su papel en la degradación ambiental. Las macroinstalaciones ganaderas concentran miles o incluso millones de animales en espacios reducidos, generando enormes volúmenes de purines y residuos que contaminan suelos, ríos y acuíferos. En numerosas zonas rurales, el agua potable presenta niveles de nitratos muy por encima de lo permitido, poniendo en riesgo la salud de la población y vulnerando la normativa europea.
A ello se suma su enorme contribución al cambio climático. El sector ganadero es responsable de una parte significativa de las emisiones de gases de efecto invernadero, tanto por el metano producido por los animales como por el transporte, la gestión de residuos y la producción de piensos. Lejos de ser un problema local, la ganadería industrial tiene una huella global que acelera el calentamiento del planeta.
Soja, deforestación y hambre
El modelo industrial depende de manera estructural de la importación masiva de piensos a base de soja y maíz, destinados a alimentar animales que nunca pastan. Buena parte de esta soja procede de Latinoamérica, donde su cultivo está vinculado a la deforestación del Amazonas, el Cerrado o el Gran Chaco, a la expulsión de comunidades campesinas e indígenas y al uso intensivo de agrotóxicos.
Este sistema plantea una paradoja alimentaria: millones de toneladas de cereales y legumbres aptas para el consumo humano se destinan a engordar animales, mientras más de 800 millones de personas pasan hambre en el mundo. La ganadería industrial no alimenta al planeta, sino que compite por recursos esenciales y profundiza las desigualdades globales.
Además, gran parte de la carne producida termina desperdiciándose. El despilfarro alimentario, unido a un consumo excesivo de productos de origen animal en los países ricos, evidencia que el problema no es la falta de alimentos, sino un sistema orientado al beneficio económico y no al derecho a una alimentación justa y sostenible.
Desde el punto de vista ético, la ganadería industrial se basa en el hacinamiento sistemático de animales, tratados como meras unidades de producción. Gallinas que nunca ven la luz del sol, pollos inmovilizados en jaulas, cerdos seleccionados genéticamente para crecer de forma antinatural en poco tiempo. Este modelo vulnera de forma constante los principios básicos del bienestar animal y genera un sufrimiento masivo e invisible a los ojos de las personas consumidoras.
Riesgos sanitarios y zoonosis
La concentración extrema de animales genéticamente homogéneos, inmunodeprimidos por el estrés y el hacinamiento, crea el caldo de cultivo perfecto para la aparición y propagación de enfermedades. Epidemias como la gripe aviar o la gripe porcina no son accidentes inevitables, sino consecuencias directas de un sistema que fuerza los límites biológicos. Para evitar pérdidas económicas, se recurre de forma sistemática al uso de antibióticos, lo que contribuye a la resistencia antimicrobiana, una de las mayores amenazas sanitarias a nivel mundial.
La pandemia de la COVID-19 puso de relieve los riesgos de ignorar la relación entre salud humana, animal y ambiental. Persistir en la expansión de la ganadería industrial es seguir jugando con fuego.

Un modelo que vacía el medio rural
Lejos de fijar población, las macrogranjas destruyen empleo agrario, desplazan a la ganadería extensiva y degradan la calidad de vida en los pueblos. Olores, contaminación, tráfico pesado y conflictos sociales acompañan a estas instalaciones, mientras los beneficios se concentran en unas pocas empresas integradoras.
Cambiar el rumbo
Frente a la ganadería industrial, existen alternativas reales: la ganadería extensiva, agroecológica, ligada al territorio, de cercanía, que cuida los ecosistemas y la biodiversidad, fertiliza la tierra, genera empleo digno y produce alimentos sanos y de calidad. Reducir el consumo de carne, apoyar proyectos sostenibles y poner límites claros a la expansión de macroinstalaciones es una cuestión de justicia ambiental, social y sanitaria.
El debate ya no es si este modelo es problemático, sino cuánto más estamos dispuestas a tolerar antes de asumir que la ganadería industrial no tiene cabida en un futuro sostenible.
La macrogranja de 1 millón de gallinas de San Clemente reabre polémicas y oposición social
Llanos Ortiz. ,Stop Macrogranja de San Clemente. San Clemente (Cuenca)
El proyecto de una explotación de gallinas de puesta en el término municipal de San Clemente, municipio de la provincia de Cuenca, promovido por la empresa Rujamar, vuelve a situarse en el centro de la polémica tres años después de haber sido paralizado por la alta presión social. La instalación reabre un conflicto, marcado por la epidemia de gripe aviar en curso y un territorio afectado por una grave sobreexplotación hídrica. Desde el inicio de su tramitación, entre 2018 y 2021, la oposición fue inmediata. Plataformas ciudadanas y organizaciones sociales y ambientales como Pueblos Vivos Cuenca, Ecologistas en Acción y Greenpeace canalizaron el rechazo social, lográndose más de 40.000 firmas contra el proyecto en apenas un mes.
La magnitud del proyecto —planteado inicialmente para albergar un millón y medio de gallinas y convertirse en uno de los mayores complejos avícolas de Europa— despertó serias alarmas por su impacto ambiental, social y sanitario.
La presión pareció surtir efecto y, en 2022 se paralizó el proyecto. Sin embargo, tras varios años de dificultades económicas que habían obligado a la empresa a asociarse con la inversora TresMares, vinculada al Banco Santander, Rujamar recuperó el control total de la compañía en 2025. Sorprendentemente, apenas unos meses antes, en 2024, un grave incendio afectó a su principal explotación avícola. Poco después, la empresa volvió a poner sobre la mesa el proyecto de San Clemente, esta vez sin socios.
La nueva propuesta reduce la capacidad a algo más de un millón de gallinas, pero introduce un elemento especialmente controvertido: la combinación de gallinas de suelo y gallinas en jaula, una decisión que choca con la imagen de compromiso con el bienestar animal que la empresa había defendido públicamente.
Las críticas se han reactivado con fuerza. Las plataformas opositoras denuncian incumplimientos normativos, la ausencia de evaluación de impacto ambiental y el riesgo sanitario que supone una explotación de altísima densidad animal, considerada “una bomba de relojería” ante una posible entrada de patógenos con riesgo zoonótico como la gripe aviar. A ello se suma un consumo anual previsto de 85.000 m3 de agua en una masa ya sobreexplotada, sin acreditar concesiones ni autorizaciones de la Confederación Hidrográfica del Guadiana. El suministro, planificado mediante camiones cisterna desde la red municipal es totalmente insostenible y contraproducente.
Los colectivos sociales y ambientales de la zona también alertan del incumplimiento de las distancias mínimas a las viviendas y núcleos tradicionales, como Casas de las Monjas, y acusan a la promotora de solicitar licencias urbanísticas sin contar previamente con la Declaración de Impacto Ambiental ni la Autorización Ambiental Integrada. Ante este escenario, se han presentado alegaciones en el plazo legal establecido y exigen la suspensión inmediata de los trámites y la paralización del proyecto.
Litera Meat: 25 proyectos clónicos de instalaciones porcinas al mayor tamaño posible en Aragón
En Aragón, la empresa Litera Meat impulsa 25 proyectos prácticamente idénticos de instalaciones porcinas en Zaragoza y Teruel. Este despliegue masivo, fragmentado administrativamente para facilitar su aprobación, amenaza con saturar el territorio de macrogranjas, agravar la contaminación por nitratos y consolidar un modelo extractivo que hipoteca el futuro del medio rural aragonés. Ecologistas en Acción Aragón y la Coordinadora Stop Ganadería Industrial presentaron alegaciones a los proyectos e incluso consiguieron la paralización de una de las obras, por haber sido iniciadas de forma ilegal, sin las autorizaciones municipales. Rebeca Millán, vecina de Valmuel (Teruel) expresa la oposición vecinal por “la cercanía de dos macrogranjas con el pueblo. Tienen el mayor tamaño posible, cerca de 38.000 animales cada una, 8 naves, dos balsas de purines con más de tres piscinas olímpicas cada una, una de ellas a 40 metros del arroyo del Regallo, un afluente directo del río Ebro”.
La ganadería industrial implica un gran riesgo de zoonosis y pandemias
Fernando Valladares, científico del CSIC y divulgador ambiental, Doctor en Ciencias Biológicas y director del grupo de Ecología y Cambio Global en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, señala que “una de las principales vías de propagación y amplificación de patógenos peligrosos para el ser humano es la producción y el consumo de productos de origen animal. El fuerte aumento del número de animales de granja en los últimos 50 años y la mayor densidad a la que se mantienen, ha aumentado significativamente los riesgos zoonóticos”, mientras que “los animales criados de forma extensiva presentan menos riesgos epidemiológicos”. Valladares explica en sus charlas que “las medidas políticas para aumentar la biocontención y la bioseguridad están lejos de ser suficientes para reducir este riesgo. La transición proteica abandonando la producción de carne barata en macrogranjas es urgente debido a los problemas zoonóticos, medioambientales, de bienestar animal y de salud de las personas”. Y concluye que “los recientes brotes de gripe aviar debidos al subtipo H5N8 en granjas avícolas de todo el mundo, son un recordatorio más de que es necesario actuar con urgencia. Las mutaciones genómicas y el intercambio genético con otras cepas, facilitados por los brotes en condiciones de hacinamiento en las granjas, dotan a un patógeno de la capacidad de propagarse eficazmente también en los seres humanos”.

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